Érase una vez una princesa que vivía en un castillo. Era prisionera debido a su gran belleza, la retenía un malvado príncipe, que no la dejaba bajar de la torre del castillo, desde donde la bella princesa contemplaba aquellos bellos paisajes, con el dolor de no poder bajar de la torre y pasear por el hermoso bosque. Se tenía que conformar con ver como las campesinas recogían a los lejos sus cosechas y cada domingo rompía la monotonía observando el mercado que se instalaba en la plaza del palacio. Ese día se alegraba de ver a los niños jugando, a las madres regateando y a los padres retarse por pequeñeces.
Uno de esos domingos su vida cambiaría totalmente al observar un caballero, sin saber por que, se fijó en el y sus miradas se cruzaron irremediablemente; la princesa sintió un pálpito y una sensación de alegría y nostalgia que nunca le había sucedido. El caballero una inquietud, que le llevo a preguntar a los campesinos, que quién era aquella bella dama y que hacía en aquel castillo. En cuanto se enteró que estaba prisionera, hablo con el herrero para preparar un enorme gancho y habló con unas rederas para que le hiciesen una cuerda tan grande que llegara a lo alto de la torre. Aquella misma noche pudo contemplar en lo alto de aquella torre un hermoso brillo en los ojos de la princesa, como en su vida había visto. Tras las presentaciones, el caballero cogió a la princesa en brazos y después de jurarle su eterno amor, descendió de la torre por la enorme cuerda con la princesa apretándole, fuertemente, no solo por el miedo. Rápidamente subieron a una capilla en el alto de una montaña y un religioso los casó. Nunca más volvieron a ver al malvado príncipe, que sin duda llevó una gran decepción al comprobar que desde aquél día la torre quedó vacía.
Por su parte la feliz pareja se construyo una hermosa casa de planta baja, debido al odio que la princesa le tomo a las alturas, en la que vivieron felices para siempre.
Colorín, Colorado, este cuento se ha acabado

